Tan pronto como me hube despojado de todos mis remordimientos, abrí la puerta de la habitación de motel y la dejé atrás para siempre.
Al salir del edificio, una ola de gélido viento empezó a cortarme la cara como cuchillas mientras andaba en la noche recordando un viejo lugar al que alguno de los peces gordos solía ir, y al que acudí la primera vez que me encargaron un “trabajo”.
El Club Luna Roja.
Apenas quedaba a unos kilómetros del lugar, asique me dispuse a andar hacia la meca de las perversiones de aquellos buitres.
Al entrar, y mientras mis pupilas se adaptaban al cambio de iluminación, una fragancia dulzona a incienso inundó todo mi ser. Definitivamente estaba en el Club Luna Roja.
Al fondo pude apreciar como en una de las esquinas peor iluminadas se distinguía la peculiar forma de la cabeza de Orson Smith, uno de los hombres que había estado dándome trabajo durante los últimos meses, y que según había oído, siendo joven tuvo algún tipo de fractura craneal, de ahí su nombre “Bolo”.
Me acerqué a él, y me recibió con un cordial ofrecimiento para invitarme a una copa, el cual rechacé, quería solucionar aquello cuanto antes, y olvidarme del tema.
Nunca olvidaré la expresión risueña de su cara al recibir la noticia de que no mataría a la mujer que amaba, aunque tuviesen que pasar por encima de mi cadáver.
Dicho y hecho. Tonto de mí, me introduje en la boca del lobo dócilmente.
Me invitó a discutir mis razones fuera, le seguí. Las únicas palabras que dijo fueron: “No es una opción factible”.
El zumbido me golpeó fríamente, y para cuando se apartó de mí, pude ver una mancha de sangre rojiza en mi costado extendiéndose como un cáncer, antes de perder la perspectiva logré fijar la vista en el fondo de la calle, la mujer por la que toda esta locura había empezado, se acercaba lentamente.
Me desplomé.
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